Usted invita a que se haga una reseña de unos libros que se compraron hace ya 16 días y que además se le dé un título a la misma.
Está bien, haré lo que me pide, pero debe saber que es un encargo complejo, por la propia naturaleza de lo escrito.
En el momento en que se les lee, te persiguen por toda la casa: en el batir del huevo, la limpieza del inodoro y el doblado de sábanas, están especialmente presentes. Por la calle se van cruzando contigo: te esperan a la vuelta de cualquier esquina; sentada en el quicio de la iglesia los ves muy bien pasar; si en la cola de la panadería te tocan delante, cuando llega tu turno, te quedas sin pan; y si te los presentan, el segundo beso ya se lo das al aire, quieren que les reconozcas sin ser rozados.
Están en todos sitios y a todas horas; pero hay días que ni los sientes, quizá se toman un descanso, porque hasta la verdad se agota de demostrarse a sí misma.
Pero cuando paras y te acercas a ese ser que eres y te callas por fin, se revelan mansos y sin juicio ante ti.
Todo sobre usted y, sobre todo, Alguien en tanto en cuanto, que también llegó con el primero, aunque se hace extensivo a todos sus libros, me invitan a masticar con los ojos cerrados la comida que se va a transformar en mi estómago; también me cogen por los pies y me sacuden a ver lo que cae de los bolsillos; me dicen “ven aquí” y cuando consigo llegar, ya no están en el sitio; entonces, cojo aliento, levanto la vista y ya les veo a lo lejos alzando el brazo. Me enfado un poco con mi torpeza, pero vuelvo a ellos, pues porque entiendo, que lo que claman es urgente y valioso, y el tiempo es escaso.
Un amigo me regaló Manual de seres vivos y cuando terminó de leerlo dudó en entregármelo porque pensó que quizá no era prudente soltar más la cuerda de la cometa.
Pero, finalmente me lo dio, y yo lo compré a su vez para otro amigo, y así tiene que ser, porque hay que pregonar lo que hace bien, aunque retuerza o enderece, según lo miren.
El contenido de los libros aunque juegue con ligereza, es grave porque es profundo, aceptarlo requiere de un estado de relajación y concentración; por eso me ha tocado de muerte, porque si lo miras a los ojos, entristece realmente, pero también te aprieta fuerte el corazón para cruzar el abismo.
No es que yo haya saltado al vacío con sus libros, pero han sido y son un preciso motor que me impulsa y me entrena la mirada.
Su poesía goza de un poder fuera de lo ordinario para todo aquel que se atreva a ver la verdad escalofriante que se congrega con claridad y amor en ella.
¿Me dice algo nuevo a lo que me cuenta Séneca o Pessoa, por ejemplo? Pues, no.
Pero es que lo nuevo no interesa, lo que importa es lo de siempre, el mensaje que nos vienen narrando desde tiempos remotos y que los seres de cada generación están obligados a recordar a los suyos, por piedad, que es solo compasión desmedida a la humanidad.
Considero que usted ha sido elegido para ese propósito, quizá por eso hablar con usted fuera algo emocionante para mí. Usted a diferencia de otros se ha propuesto, por encima de todo, hacerse entender, sus textos nos bajan los pantalones, y nos abanican los genitales, para que sintamos el placer de la ventilación, pero usted también nos analiza desde su observatorio y advierte que una inconmensurable masa de mierda se precipita sobre la especie y como no se reaccione a tiempo nunca jamás podrá desprenderse de su hedor.
Pero también nos llena los carrillos de golosinas para que a la larga, se nos caigan todos los dientes, no por abuso de azúcar, que podría ser, sino porque de tanto jugar hemos vuelto a la infancia de cuando aún no se habían estrenado nuestras encías e incluso algo antes, cuando estábamos en el vientre de la madre; hasta ahí nos llega tu voz.
Tu propósito es que extendamos todo lo que sabemos sobre la mesa de nuestra vida y aprovechemos, ya que estamos, para nacer de nuevo.